
Iba yo caminando por el campo, cerca de los antiguos merenderos de Charco Redondo, en busca de larvas xilófagas. pensando en las musarañas tal vez, cuando me advierten de una vieja cepa de olivo que puede contener larvas.
Cuando mi compañero hace un movimiento de volcar la cepa para buscar larvas asoma por un agujero del tronco un ser diminuto, un ser que ha notado el cambio de posición de su casa, un ser con múltiples bigotes o vibrisas blancas, que investiga como una personita mirando a derecha e izquierda para ver si es un terremoto lo que zarandea su casa.
Una vez capturada, cosa que no fue fácil porque se escondía en los cimientos de su habitáculo cada vez que podía, es decir, en la base del tronco que íbamos girando y quitando con dificultad, pude darme cuenta de cómo era aquel maravilloso ser.
El cuerpo diminuto, de menos de 6 cms, múltiples vibrisas, ojos como puntos de un rotulador, patas de alambre y pelos de seda, y con mucha más gracia que mucha gente del mundo.
La cuestión es que me lo llevé a casa y lo acondicioné todo lo mejor que pude, le eché lombrices, cigarrones y tenebrios y se lo comió todo. Era tan voraz como una comadreja.
A la mañana siguiente, viendo que no salía de la corcha que le había preparado para guarecerse del frío, la levanté, viendo que estaba muerto.
No duró más que una noche. ¿Qué factores hay envueltos para criar a un mamífero insectívoro? Seguro que muchos que se me escapan...